No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie. Y así como él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión mediante el cual ha pasado de unos a otros. Por ello el materialista histórico se distancia de ella todo lo posible. Considera su tarea pasarle el cepillo a contrapelo a la historia.
Walter Benjamin
El cronista que narra los acontecimientos sin distinguir los grandes de los pequeños tiene en cuenta la siguiente verdad: nada de lo sucedido está perdido para la historia. Sin embargo, sólo a la humanidad redimida le concierne enteramente su pasado. Esto quiere decir: sólo la humanidad redimida será capaz de hacer comparecer al pasado en cada uno de sus momentos. Cada uno de sus instantes vividos se convierte en una citation à l’ordre du jour: ese día es precisamente el día del Juicio Final.
Walter Benjamin
La historia de los movimientos sociales es una historia de las omisiones. Los poderosos del mundo, porque saben que su dominación no es incondicional, precisan ocultar, modificar, falsear la historia de la explotación para que su hegemonía resulte más aceptable, para que la violencia social que los colocó en el lugar que ocupan y la violencia social que los mantiene en ese lugar, no sea evidente, no sea ostensible. En la tarea de rescatar del olvido la historia de los movimientos sociales, la historia de los oprimidos que luchan de manera colectiva por revertir su condición de tales, muchas veces nos encontramos con que las fuentes de determinados sucesos están perdidas o son inaccesibles por distintos motivos, o que existen y reflejan la mirada de los opresores. En nuestra tarea, muchas veces no queda otra opción que recurrir a la historia escrita por los “ganadores” y a partir de ella, intentar rescatar tanto las acciones como las motivaciones de los sectores subalternos. Y queremos aclarar que nosotros no consideramos nuestro trabajo como aséptico, libre de motivaciones ideológicas, como pretende el historiador y divulgador de la clase dominante que procura ocultar el carácter ideológico de su trabajo. Sino que, todo lo contrario, y parafraseando la concepción de poesía comprometida que defendía Gabriel Celaya, maldecimos la historia concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden; maldecimos la historia de quien no toma partido hasta mancharse. En nuestro humilde trabajo de investigación y difusión de los movimientos sociales tomamos partido por los explotados, por los sectores subalternos, por los desplazados, por los colectivos sociales que en su lucha por liberarse de su condición de oprimidos asumen una tarea que los trasciende como particularidades, al encarnar un momento de una lucha de liberación universal de toda forma de opresión.
La historiografía de las clases dominantes es ideológica en el sentido marxista, lo que significa que tiene un objetivo mistificante en dos niveles: por un lado, un componente de ocultación del origen de su dominación y, por otro, un componente de justificación del orden de explotación vigente. Esto no significa que debamos dar por tierra con toda la historiografía oficial, sino que debemos, primero que nada, distinguir en ella las motivaciones ideológicas –muchas veces inconscientes- del rigor científico, las interpretaciones de los hechos de la descripción de los mismos. Pero ni siquiera con esta primera criba sobre el material producido por la historiografía de la clase dominante obtenemos los hechos crudos tal cual sucedieron. La ocultación de determinados sucesos, el acento puesto en algunos de ellos en detrimento de otros, son moneda corriente en la tarea de la descripción histórica.
Hacer una historia de los movimientos sociales implica llevar a cabo una tarea que Walter Benjamin describía como: “pasarle el cepillo a contrapelo a la historia”. Esto es, leer, tanto en lo sucedido, como en los documentos, en las fuentes, en la historiografía que refiere lo sucedido, lo no dicho, lo escatimado, lo adulterado. Sólo de esta manera es posible rescatar parte de lo perdido en la historia, que, de alguna manera, se encuentra implícito en la historiografía, ya sea como expresado de manera velada o como hueco cuya materia faltante puede a veces suponerse por la disposición de los hilos adyacentes. Al historiador que ha emprendido la tarea de rescatar del olvido la lucha de las clases subalternas, la historia se le presenta como un enorme palimpsesto, aquel manuscrito que conserva huellas de una escritura anterior, expresamente borrada para dar lugar a nuevas inscripciones. A la historia de los movimientos sociales le compete encontrar y descifrar estas huellas en un pasado sobre el cual las clases dominantes han impuesto su versión encubridora de lo sucedido. Benjamin escribió que “todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie”. Hurgando en la historia de la escritura es posible leer la necesidad de contabilizar esclavos. Los enormes museos europeos con sus “trofeos de guerra” nos hablan de la conquista de otras culturas. Las religiones se nos revelan como un instrumento de dominación. La revolución industrial con todo su avance a nivel cultural esconde la explotación en las minas de carbón, en los campos de algodón…
Así como los poderosos precisan de la historia como herramienta ideológica en sentido marxista, los oprimidos también la necesitan, pero de otra manera. La historia para ellos es la crónica de la génesis de su explotación y la memoria de sus luchas. La historia debe producir en los oprimidos un efecto movilizador, persuasivo; debe ser un llamado a la acción. A diferencia de la historiografía de las clases dominantes, cuya motivación ideológica es velar y tergiversar el pasado; la historia de los oprimidos es intrínsecamente develadora y esclarecedora en el plano ideológico, pues los propios intereses objetivos de las clases subalternas apuntan hacia el desentrañamiento de los mecanismos de efectivización y justificación de la opresión que es ejercida sobre ellos. Tomar conciencia de cómo una situación de opresión se originó, conocer la historia de la lucha contra esa dominación, puede ser una herramienta de desguace de esa realidad, como primer paso hacia su real transformación. Planteamos que la comprensión de los procesos sociales y de la lucha de clases en la historia debería producir dos efectos en la conciencia de los oprimidos. El primero, sería el distanciamiento de los intereses y las motivaciones de las clases dominantes en el relato histórico. Ese distanciamiento debería producir una toma de conciencia del lugar social ocupado por los opresores del presente y del carácter antagónico de los intereses de éstos en relación con los sectores subalternos. El segundo, un efecto de identificación con las luchas del pasado contra la explotación; de identificación con los actores sociales que sufrieron una suerte similar en tiempos pasados; y de construcción de una filiación con los oprimidos de ayer, a través del establecimiento de un índice entre presente y pasado que remitiría el pasado a una redención en el presente ―según Benjamin― y que fortalecería las luchas del presente a través del rescate simbólico de las gestas del pasado.
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Esta conexión, este índice entre presente y futuro se da en el plano del sentido. No es un dato dado por la historia, es una construcción realizada a posteriori. En tal sentido, es posible hablar de una filosofía de la memoria. Y es así como la historia de la opresión, que en un primer momento se presentaba como simple descripción más o menos objetiva de sucesos acaecidos; en un segundo momento, y a través de la mediación ético-política del sujeto que toma partido por y se identifica con el oprimido, se vuelve construcción de sentido. Esta transformación devela el tránsito de la ciencia a la filosofía, el pasaje del mundo de los hechos al universo del sentido, a través de la dimensión ético-política del sujeto que asume el pasado y lo hace propio.
Pero este tránsito no pone en riesgo la verdad de los hechos acaecidos, o por lo menos no implica necesariamente su tergiversación. La historiografía no se vuelve menos científica porque el historiador tome partido. De hecho, no hay descripción fáctica que no suponga juicios de valor más o menos explícitos. Exigir esa clase de “pureza” equivaldría a pretender que el historiador abandonase su propia condición humana.
La filosofía de la memoria es una tarea realizada en el plano del sentido y que consiste en la construcción de puentes que rompen el “continuum de la historia” (Benjamin). Presente, pasado y futuro resultan así conectados por lazos que desafían el carácter lineal de la historia y su sentido único. El presente se siente interpelado por el pasado, en tanto que éste lo precisa para alcanzar su redención; el presente, a su vez, acude al pasado para fortalecer su lucha; el futuro es el lugar en el que ambos cifran su salvación. Es así como, por nombrar un ejemplo, la rebelión de esclavos liderada por Espartaco en el siglo primero antes de nuestra era pega un “salto de tigre” (Benjamin) a través de los años y se hace presente en la Alemania de principios del siglo XX en el momento de la creación de la Liga Espartaquista (ver el artículo titulado Memoria a barlovento, en este volumen). El presente de la lucha de los comunistas alemanes hace justicia al pasado de los esclavos rebeldes, a la vez que éste fortalece simbólicamente a aquél. El horizonte de redención de ambos es un futuro que también nuestro propio presente avizora. El sentido en la historia de los movimientos sociales es un hilo de Ariadna que atraviesa los siglos y enlaza las luchas de épocas y lugares distantes. De esta manera, no sólo se logra sumar a la causa liberadora del presente las fuerzas del pasado, sino que, además, es este hilo, tendido por los hombres y mujeres que en su lucha contra la opresión construyen sentido a través de la memoria, la única garantía posible para que la totalidad de las gestas emancipadoras del pasado sean rescatadas como momentos de la liberación de la humanidad o ―para utilizar la metáfora de Benjamin― hacer que el pasado, en cada uno de sus momentos, comparezca el Día del Juicio Final.
Nicolás Torre Giménez
(miembro del colectivo La Hidra de Mil Cabezas)
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