Me parece preocupante y peligroso el menosprecio generalizado con respecto a la razón y su buen uso. La capacidad de pensar, ya sea que la entendamos como un pensar sintiendo o un sentir pensando, es lo que nos hace propiamente humanos. Es esa capacidad la que nos permite desarrollar herramientas de alta complejidad que -al menos potencialmente- todos utilizamos (computadoras, internet, medios de transporte), la que nos ha permitido elaborar medicamentos que logran alargarnos la esperanza de vida -de quienes tienen acceso, claro está-. Es esa razón sensible o sensibilidad racional la que está a la base de la ciencia, del arte, de la organización política, e incluso del amor. Ya sé que con esa misma razón se desarrollan bombas, se crean laboratorios cuyos conocimientos se ponen al servicio de la rentabilidad y no de la salud, con esa misma razón se engaña, se odia y se piensa la mejor manera de explotar a la mayor parte de la humanidad. Y es así porque la razón se ocupa tanto de los medios (entendimiento prefieren llamar algunos a esta vertiente) como de los fines (razón propiamente dicha para esos mismos). Llamamos ciencia a la razón aplicada a pensar los medios para alcanzar algún fin. Y no de cualquier forma, sino de la manera que se corresponda mejor con la realidad de las cosas mismas. Y para ello hacemos uso de un método, de un conjunto de reglas -perfectibes, por cierto, y perfeccionadas a lo largo del tiempo-, que nos permiten acercarnos a la realidad y aprehenderla de la mejor manera posible. La ciencia no es sólo un arbitrario cultural, no es sólo un ámbito atravesado por relaciones de poder, es la mejor manera posible -por lo menos hasta hoy y dentro de las posibilidades humanas- de lograr un conocimiento verdadero acerca de la realidad del mundo material en el que vivimos. Es un producto racional y social. Se nutre de los conocimientos alcanzados en el pasado y potencialmente está al alcance de cualquiera. Es una herencia que crece y se perfecciona a través de cada generación. A la esfera de los fines le corresponde decidir el para qué de ese conocimiento. Para los que no creemos en verdades reveladas, la ética, la política y -hasta cierto punto- el arte, conocimentos éstos que versan sobre los fines, están fundados en la razón y no en otra cosa. Querer y luchar por una sociedad más justa y por una vida más digna e interesante de ser vivida es también una decisión a la que se llega por medio de esa misma razón sensible o sensibilidad racional. Ni la ciencia ni la razón lo pueden todo -creerlo es caer en la ingenuidad de los positivistas-. Pero sin la ciencia, y más aún sin la razón, nada es posible como humanos. Nuestra propia condición de humanos está dada por eso que llamamos razón. El irracionalismo es un antihumanismo.
Nicolás Torre Giménez
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