sábado, 15 de junio de 2013

Fata Morgana

Fata Morgana

Cómo podía yo saber que te estaba buscando. Me había hecho a la mar creyéndome embarcado en otras búsquedas. Explorador incansable, surcaba las aguas deteniéndome en cada orilla, registrando cada pequeño espacio donde pudiera encontrarse lo que tanto anhelaba. Había zarpado con la ingenua intención de hallar lo absoluto. Luego de infructuosas y desesperadas averiguaciones, comprendí finalmente que lo que yo buscaba no existía, que lo absoluto no es más que un espejismo que construye nuestra mente, asediada por una sed terrible en un desierto de sentido. Acepté, persuadido, que no hay otra cosa que la totalidad de lo existente. Pero en el inmenso desierto de lo real, ¿habría oasis donde saciar la sed que me agobiaba? Descubrí que los oasis deben ser construidos a la medida de nuestros deseos. Consulté a otros hombres y revisé lo que habían hecho, consulté sus libros, me detuve fascinado en su poesía, encontré la belleza que habían creado, el amor perenne que supieron forjar con la materia siempre finita que encontraron a su paso por el mundo, las terribles verdades que descubrieron y los desesperados intentos por asumirlas y dotar la vida de sentido sin evadirse de la realidad, por más estéril que ésta fuera. Estaba yo embarcado en tales investigaciones cuando te vi. Y todo quedó en suspenso. Estabas frente a mí, mirándome. Tus ojos de Medea, al contemplarlos, me cegaron y ya no pude ver otra cosa que la imagen mental de tu rostro sonriéndome desde tu isla. Me perdí, naufragué infinidad de veces y ya nunca más volví a encontrarte. Quizás en ese minuto devenido eterno no supe ver otra cosa que lo que tanto anhelaba ver. Pero basta que un espejismo logre apagar la sed para que valga por un oasis.

Nicolás Torre Giménez
(1º Mención especial en el IV Certamen Provincial de Minicuentos "Eduardo Gregorio" 2012)

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