Cómo
podía yo saber que te estaba buscando. Me había hecho a la mar
creyéndome embarcado en otras búsquedas. Explorador incansable,
surcaba las aguas deteniéndome en cada orilla, registrando cada
pequeño espacio donde pudiera encontrarse lo que tanto anhelaba.
Había zarpado con la ingenua intención de hallar lo absoluto. Luego
de infructuosas y desesperadas averiguaciones, comprendí finalmente
que lo que yo buscaba no existía, que lo absoluto no es más que un
espejismo que construye nuestra mente, asediada por una sed terrible
en un desierto de sentido. Acepté, persuadido, que no hay otra cosa
que la totalidad de lo existente. Pero en el inmenso desierto de lo
real, ¿habría oasis donde saciar la sed que me agobiaba? Descubrí
que los oasis deben ser construidos a la medida de nuestros deseos.
Consulté a otros hombres y revisé lo que habían hecho, consulté
sus libros, me detuve fascinado en su poesía, encontré la belleza
que habían creado, el amor perenne que supieron forjar con la
materia siempre finita que encontraron a su paso por el mundo, las
terribles verdades que descubrieron y los desesperados intentos por
asumirlas y dotar la vida de sentido sin evadirse de la realidad, por
más estéril que ésta fuera. Estaba yo embarcado en tales
investigaciones cuando te vi. Y todo quedó en suspenso. Estabas
frente a mí, mirándome. Tus ojos de Medea, al contemplarlos, me
cegaron y ya no pude ver otra cosa que la imagen mental de tu rostro
sonriéndome desde tu isla. Me perdí, naufragué infinidad de veces
y ya nunca más volví a encontrarte. Quizás en ese minuto devenido
eterno no supe ver otra cosa que lo que tanto anhelaba ver. Pero
basta que un espejismo logre apagar la sed para que valga por un
oasis.
Nicolás Torre Giménez
(1º Mención especial en el IV Certamen Provincial de Minicuentos "Eduardo Gregorio" 2012)
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