A Italo Calvino
En
la ciudad de Atanía nadie muere. A primera vista uno podría pensar
que la ciudad sufre de grandes problemas demográficos, pero esto no
es así. Atanía no presenta un marcado crecimiento poblacional pues
sus habitantes no son proclives a tener hijos. En realidad, los
atanienses no son propensos a ningún tipo de decisiones. Si bien se
mira, el concepto mismo de decisión no tiene cabida en una mente
inmortal. Como el apremio no tiene lugar, es decir, que todo puede
ser dejado para más adelante, las decisiones, sencillamente, nunca
son tomadas. Las ramas de los árboles se alargan sin ser
interrumpidas en su crecimiento por disposiciones municipales de
poda; las universidades presentan el aspecto de arquitecturas baldías
ya que nadie se decide a estudiar ninguna carrera; ninguna medida
gubernamental ni de otra índole incide en la apacible vida de los
habitantes de Atanía. La parsimonia es proverbial entre los
atanienses. “Todo a su debido tiempo” podría ser el lema de la
ciudad, si no fuera porque sus habitantes desconocen el concepto
mismo de tiempo. Y no es que el tiempo no pase. Como en cualquier
otro sitio, el sol sale cada mañana y se esconde por las noches, los
árboles crecen y no cesan de multiplicar sus ramas, las flores se
marchitan, los frutos se pudren y nadie se baña dos veces en un
mismo rio. El tiempo existe como en todos lados, pero como los
hombres y mujeres coexisten infinitamente con él, su medición
carece de sentido. Da lo mismo que alguien llegue a una cita en un
momento que en otro. Literalmente, nadie “pierde” tiempo
esperando a nadie en Atanía. Y como el tiempo subjetivo es infinito,
las posibilidades, hijas bastardas de aquél, también lo son. En una
misma vida un ataniense puede ser policía, ladrón, bombero,
piromaníaco y cuantas profesiones más desee asumir. Otras
curiosidades a tener en cuenta: en Atanía, el arte no existe, sus
dioses son mortales y las penas, perpetuas. Cabe advertir a los
curiosos que deseen visitar esta ciudad de seres perennes que en
Atanía nadie le jura amor eterno a nadie porque la eternidad no es
solo una palabra hueca sino verdaderamente una experiencia
existencial.
Nicolás Torre Giménez
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