sábado, 26 de octubre de 2013

Walter Benjamin y la incidencia del futuro sobre el pasado

Walter Benjamin tenía geniales intuiciones que solía expresar con metáforas místicas. Hacer justicia a su pensamiento significa no caer en la tentación de suponer que la forma de sus sentencias tergiversa su contenido materialista. No lo movían a utilizar ese registro pretensiones crípticas, sino la naturaleza misma de lo pensado. Se puede pensar mediante razonamientos y silogismos (como la matemática, la lógica), pero también es posible hacerlo mediante imágenes e intuiciones (la poesía). La metáfora no es un signo reemplazable o traducible por otro, sino una unidad de sentido compacta. El intento de traducción de una metáfora implica una pérdida irrecuperable. Su exégesis, en cambio, suele ser una ardua tarea más cercana a la dialéctica que al análisis. Es por ello que las lecturas ingenuas de Benjamin son comparables al absurdo de aplicar el método matemático a la interpretación de la poesía.

Hay un pasaje de Benjamin que expresa de manera genial la interconexión del pasado y el futuro —en el plano del sentido y la memoria histórica— en las luchas de liberación. En él se hace uso de las ideas de parusía (segunda venida de Cristo) y mesianismo. Nunca está de más aclarar que estas ideas de origen religioso se encuentran desacralizadas en el pensamiento de Benjamin:

"El pasado lleva consigo un índice oculto que lo remite a la redención. ¿No nos acaricia entonces a nosotros mismos una brisa del aire que envolvió a quienes nos precedieron? ¿Acaso en las voces a las que prestamos oído no resuena un eco de voces ahora acalladas? (...) De ser así, existiría un acuerdo secreto entre las generaciones pasadas y la nuestra. Habríamos sido esperados en la Tierra. Nos habría sido dada —como a cada generación anterior a la nuestra— una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho. Satisfacer este derecho no es nada fácil. El materialista histórico lo sabe bien" ("Sobre el concepto de historia". La traducción es mía).

La misma paradoja temporal o anacronismo la aplica Borges a la historia de la literatura:

"Wakefield prefigura a Franz Kafka, pero éste modifica, y afina, la lectura de Wakefield. La deuda es mutua; un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los justifica" ("Nathaniel Hawthorne". En: "Otras inquisiciones").

Ambas ideas suponen una modificación del pasado por parte del futuro. Landauer también compartía esta idea, la idea de un tiempo espiralado en el que cada vuelta incide en toda la espiral, en la que cada nuevo eslabón reconfigura y empuja hacia adelante a  toda la cadena. El pasado como hecho bruto ya acaecido no sufre modificación. Pero sí cambia la manera de acceder a ese pasado, la memoria que tenemos de él, la interpretación que sobre él llevamos a cabo y las formas de leer ese pasado. Pero, ¿dónde está ese pasado sino en nuestro recuerdo de él, en los libros y archivos a los que siempre acudimos desde una perspectiva nueva, desde un horizonte renovado?

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