justo en el momento en que
entraba en aquella espiral ascendente nuestros ojos se cruzaron aunque los
suyos parecían ignorar lo que su mano y su boca hacían pero no me detuve aunque
mis ojos se demoraron menos de un segundo en los movimientos de su boca que
concluía su labor para volver a encontrar los suyos clavados en los míos mientras
volvía en mí me dejé llevar por el mecanismo que conducía al nivel superior de
aquella arquitectura acaracolada desde arriba vi su cuerpo que ascendía y otra
vez sus ojos que volvían a fijarse en los míos mientras recorría el espacio que
separaba su cuerpo del mío con el teléfono todavía en la mano la boca articuló
un vamos y dos rodillas contra el piso y unos ojos que parecían buscar algo
tras otros ojos perdidos mientras unos dedos encontraban y una boca empezaba su
labor en el baño de una librería con forma de caracol
Nicolás Torre Giménez
jueves, 19 de junio de 2014
sábado, 26 de octubre de 2013
Walter Benjamin y la incidencia del futuro sobre el pasado
Walter Benjamin tenía geniales intuiciones que solía expresar con metáforas místicas. Hacer justicia a su pensamiento significa no caer en la tentación de suponer que la forma de sus sentencias tergiversa su contenido materialista. No lo movían a utilizar ese registro pretensiones crípticas, sino la naturaleza misma de lo pensado. Se puede pensar mediante razonamientos y silogismos (como la matemática, la lógica), pero también es posible hacerlo mediante imágenes e intuiciones (la poesía). La metáfora no es un signo reemplazable o traducible por otro, sino una unidad de sentido compacta. El intento de traducción de una metáfora implica una pérdida irrecuperable. Su exégesis, en cambio, suele ser una ardua tarea más cercana a la dialéctica que al análisis. Es por ello que las lecturas ingenuas de Benjamin son comparables al absurdo de aplicar el método matemático a la interpretación de la poesía.
Hay un pasaje de Benjamin que expresa de manera genial la interconexión del pasado y el futuro —en el plano del sentido y la memoria histórica— en las luchas de liberación. En él se hace uso de las ideas de parusía (segunda venida de Cristo) y mesianismo. Nunca está de más aclarar que estas ideas de origen religioso se encuentran desacralizadas en el pensamiento de Benjamin:
"El pasado lleva consigo un índice oculto que lo remite a la redención. ¿No nos acaricia entonces a nosotros mismos una brisa del aire que envolvió a quienes nos precedieron? ¿Acaso en las voces a las que prestamos oído no resuena un eco de voces ahora acalladas? (...) De ser así, existiría un acuerdo secreto entre las generaciones pasadas y la nuestra. Habríamos sido esperados en la Tierra. Nos habría sido dada —como a cada generación anterior a la nuestra— una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho. Satisfacer este derecho no es nada fácil. El materialista histórico lo sabe bien" ("Sobre el concepto de historia". La traducción es mía).
La misma paradoja temporal o anacronismo la aplica Borges a la historia de la literatura:
"Wakefield prefigura a Franz Kafka, pero éste modifica, y afina, la lectura de Wakefield. La deuda es mutua; un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los justifica" ("Nathaniel Hawthorne". En: "Otras inquisiciones").
Ambas ideas suponen una modificación del pasado por parte del futuro. Landauer también compartía esta idea, la idea de un tiempo espiralado en el que cada vuelta incide en toda la espiral, en la que cada nuevo eslabón reconfigura y empuja hacia adelante a toda la cadena. El pasado como hecho bruto ya acaecido no sufre modificación. Pero sí cambia la manera de acceder a ese pasado, la memoria que tenemos de él, la interpretación que sobre él llevamos a cabo y las formas de leer ese pasado. Pero, ¿dónde está ese pasado sino en nuestro recuerdo de él, en los libros y archivos a los que siempre acudimos desde una perspectiva nueva, desde un horizonte renovado?
sábado, 15 de junio de 2013
Atanía
A Italo Calvino
En
la ciudad de Atanía nadie muere. A primera vista uno podría pensar
que la ciudad sufre de grandes problemas demográficos, pero esto no
es así. Atanía no presenta un marcado crecimiento poblacional pues
sus habitantes no son proclives a tener hijos. En realidad, los
atanienses no son propensos a ningún tipo de decisiones. Si bien se
mira, el concepto mismo de decisión no tiene cabida en una mente
inmortal. Como el apremio no tiene lugar, es decir, que todo puede
ser dejado para más adelante, las decisiones, sencillamente, nunca
son tomadas. Las ramas de los árboles se alargan sin ser
interrumpidas en su crecimiento por disposiciones municipales de
poda; las universidades presentan el aspecto de arquitecturas baldías
ya que nadie se decide a estudiar ninguna carrera; ninguna medida
gubernamental ni de otra índole incide en la apacible vida de los
habitantes de Atanía. La parsimonia es proverbial entre los
atanienses. “Todo a su debido tiempo” podría ser el lema de la
ciudad, si no fuera porque sus habitantes desconocen el concepto
mismo de tiempo. Y no es que el tiempo no pase. Como en cualquier
otro sitio, el sol sale cada mañana y se esconde por las noches, los
árboles crecen y no cesan de multiplicar sus ramas, las flores se
marchitan, los frutos se pudren y nadie se baña dos veces en un
mismo rio. El tiempo existe como en todos lados, pero como los
hombres y mujeres coexisten infinitamente con él, su medición
carece de sentido. Da lo mismo que alguien llegue a una cita en un
momento que en otro. Literalmente, nadie “pierde” tiempo
esperando a nadie en Atanía. Y como el tiempo subjetivo es infinito,
las posibilidades, hijas bastardas de aquél, también lo son. En una
misma vida un ataniense puede ser policía, ladrón, bombero,
piromaníaco y cuantas profesiones más desee asumir. Otras
curiosidades a tener en cuenta: en Atanía, el arte no existe, sus
dioses son mortales y las penas, perpetuas. Cabe advertir a los
curiosos que deseen visitar esta ciudad de seres perennes que en
Atanía nadie le jura amor eterno a nadie porque la eternidad no es
solo una palabra hueca sino verdaderamente una experiencia
existencial.
Nicolás Torre Giménez
Fata Morgana
Cómo
podía yo saber que te estaba buscando. Me había hecho a la mar
creyéndome embarcado en otras búsquedas. Explorador incansable,
surcaba las aguas deteniéndome en cada orilla, registrando cada
pequeño espacio donde pudiera encontrarse lo que tanto anhelaba.
Había zarpado con la ingenua intención de hallar lo absoluto. Luego
de infructuosas y desesperadas averiguaciones, comprendí finalmente
que lo que yo buscaba no existía, que lo absoluto no es más que un
espejismo que construye nuestra mente, asediada por una sed terrible
en un desierto de sentido. Acepté, persuadido, que no hay otra cosa
que la totalidad de lo existente. Pero en el inmenso desierto de lo
real, ¿habría oasis donde saciar la sed que me agobiaba? Descubrí
que los oasis deben ser construidos a la medida de nuestros deseos.
Consulté a otros hombres y revisé lo que habían hecho, consulté
sus libros, me detuve fascinado en su poesía, encontré la belleza
que habían creado, el amor perenne que supieron forjar con la
materia siempre finita que encontraron a su paso por el mundo, las
terribles verdades que descubrieron y los desesperados intentos por
asumirlas y dotar la vida de sentido sin evadirse de la realidad, por
más estéril que ésta fuera. Estaba yo embarcado en tales
investigaciones cuando te vi. Y todo quedó en suspenso. Estabas
frente a mí, mirándome. Tus ojos de Medea, al contemplarlos, me
cegaron y ya no pude ver otra cosa que la imagen mental de tu rostro
sonriéndome desde tu isla. Me perdí, naufragué infinidad de veces
y ya nunca más volví a encontrarte. Quizás en ese minuto devenido
eterno no supe ver otra cosa que lo que tanto anhelaba ver. Pero
basta que un espejismo logre apagar la sed para que valga por un
oasis.
Nicolás Torre Giménez
(1º Mención especial en el IV Certamen Provincial de Minicuentos "Eduardo Gregorio" 2012)
lunes, 3 de junio de 2013
El materialismo histórico y las críticas posmodernas. A propósito del libro de Ariel Petruccelli "Ensayo sobre la teoría marxista de la historia"
La teoría posmoderna y otras vertientes del pensamiento contemporáneo se jactan de haber refutado al materialismo histórico, por lo menos en lo que respecta a sus tesis fundamentales. Pero ¿qué hay de cierto en ello? Muchos de sus críticos incurren en la falacia del espantapájaros, que consiste en construir una caricatura del contrincante para “vencerlo” así más fácilmente. Otros prefieren atender sólo a aquellos textos de Marx y de sus epígonos que son más fáciles de rebatir -interpretaciones desacertadas, simplificaciones más o menos burdas, generalizaciones apresuradas-, dejando deliberadamente de lado un inmenso corpus teórico que se enmarca dentro del materialismo histórico. Los menos se hacen cargo de los textos más valiosos que dio el pensamiento marxista o materialista histórico a la hora de refutar dicha teoría. ¿Cómo es posible semejante arbitrariedad a la hora de confrontar la literatura marxista? Digámoslo sin ambages: el materialismo histórico no es una ciencia, es una teoría sobre el devenir de las sociedades humanas, que abreva en las aguas de distintas ciencias humanas, como son la historia, la economía, la sociología, etc. Y como su nombre mismo lo señala, es una teoría que hace hincapié en el carácter histórico de las sociedades y considera preponderante la acción de las causas llamadas “materiales” por sobre las “espirituales” o “ideológicas”. Dentro de estos amplios marcos referenciales es posible distinguir muy variadas modalidades, incluso una por autor o todavía más, ya que dentro de la producción teórica de un mismo autor podemos encontrar distintas maneras de entender conceptos clave de la tradición marxista tales como “materialidad”, “determinación”, “relaciones de producción”, “fuerzas productivas”, “modo de producción”, etc. En el mismo Marx conviven miradas muy diferentes -en algunos casos contradictorias- sobre estos y otros conceptos.
Distintas versiones de un marxismo positivista, cientificista y determinista tecnológico se han popularizado a lo largo del siglo XX, tanto a través de autores como Plejanov, Althusser, como así también por boca de distintas agrupaciones y partidos políticos autodenominados marxistas. El mismo Marx, en muchos de sus textos, parece profesar tanto un determinismo tecnológico como un evolucionismo unilineal, que permitiría sustentar las interpretaciones antedichas, como en el prefacio a laContribución a la crítica de la economía política de 1859 o en algunos pasajes de Miseria de la filosofía de 1847. Sin embargo, y como Ariel Petruccelli se encarga de demostrar en su Ensayo sobre la teoría marxista de la historia,[1] otros escritos de Marx matizan tal postura, permitiendo concluir que “el pensamiento de Marx tiende a un equilibrio, siempre inestable, entre lo objetivo y lo subjetivo, la necesidad y la libertad, las fuerzas productivas y las relaciones de producción”.[2]
El cientificismo, el positivismo y el racionalismo exacerbado que podemos encontrar no sólo en versiones vulgares del marxismo, sino también en algunos escritos del mismo Marx, son fenómenos propiamente modernos. Los excesos del pensamiento moderno, con su fe en el progreso como movimiento irrefrenable de la historia, con su esperanza ciega en las ciencias -principalmente las llamadas “duras”, aunque también en las ciencias sociales siempre y cuando siguieran el ejemplo de las primeras-, con su sobredimensionamiento de las posibilidades de la razón humana; sumado al desencanto que trajeron aparejados sucesos históricos como las dos guerras mundiales, el uso de las bombas atómicas, la degeneración y final caída de los regímenes del llamado “socialismo real”, la ininterrumpida continuidad de la violencia, la injusticia, la opresión y el hambre en el mundo, etc., etc., fueron el caldo de cultivo del pensamiento posmoderno. Si bien una de las motivaciones de las teorías posmodernas era la sana crítica de dichas posturas ingenuas del legado moderno, el pensamiento posmoderno y contemporáneo, en general, también en muchos casos pecó por exceso. Como señalaremos más abajo, existe una versión extremista del pensamiento posmoderno, cargada de presupuestos absurdos que pretenden dar por tierra con la ciencia en general, equiparándola a relatos como el mítico o el religioso. Pero también hay una versión moderada del posmodernismo, que debería ser tenida en cuenta. Dicha vertiente es un llamado de atención hacia los excesos cometidos por el pensamiento moderno.
Así como el materialismo histórico tiene una versión vulgar, que es la preferentemente eligida por sus detractores para combatirlo, el pensamiento posmoderno también tiene la suya. Los defensores de ambas teorías deben -si pretenden actuar de buena fe- hacerse cargo no sólo de las críticas lanzadas por la vertiente vulgar de la teoría rival, sino -y principalmente- de las que provienen de sus formas más elaboradas y serias. Una verdadera defensa del materialismo histórico, a la luz de las críticas posmodernas y contemporáneas, supone dos tareas: primero, desmalezar el propio terreno, identificando la “mala”teoría marxista elaborada por muchos de sus exponentes pero también por el propio Marx, señalando sus errores y corrigiéndola; segundo, separar dentro de la literatura rival la paja del trigo, aquello que es mera retórica o sinsentido, de las críticas pertinentes, para así distinguir dentro de éstas últimas las que realmente se dirigen a un materialismo histórico bien fundamentado. Finalmente, si dicha defensa está movida por un espíritu científico y no por meras motivaciones dogmáticas, el materialista histórico debería hacerse cargo de dichas críticas y rebatiéndolas o reconsiderando su teoría. Dicho espíritu y ambas tareas son las que guían a Ariel Petruccelli en la elaboración de sus dos últimos libros: Materialismo histórico: interpretaciones y controversias[3] y El marxismo en la encrucijada.[4] En el primero de ellos, el autor desarrolla una reelaboración del materialismo histórico y una defensa de la primacía de las relaciones de producción por sobre las fuerzas productivas en el devenir histórico. En este artículo me referiré al segundo de estos dos libros, en el que Petruccelli se hace cargo de los ataques lanzados por distintos autores posmodernos y contemporáneos en general al materialismo histórico.
* * *
El marxismo en la encrucijada, de Ariel Petruccelli, es un intento -que juzgamos exitoso- de poner al día al materialismo histórico de cara a los desafíos planteados a la teoría marxista por la sociología histórica, el llamado “giro lingüístico”, el posmodernismo y el llamado “posmarxismo”. Concebido como un diálogo crítico con las corrientes contemporáneas que abordan las problemáticas del saber histórico e historiográfico -impugnando más o menos explícitamente la(s) teoría(s) marxista(s) de la historia-, el libro que reseñamos rehúye tanto del dogmatismo fácil como del eclecticismo acrítico. Una de la principales virtudes del mismo es su predisposición metódica a desentrañar el verdadero sentido de las palabras de su contrincante de turno, desconfiando de las interpretaciones en boga, y evitando en todo momento esa hermenéutica de la mala fe que mueve a tantos polemistas. Enriqueciendo los saberes del materialismo histórico con los aportes de las distintas teorías históricas contemporáneas, el libro de Petruccelli representa un aporte sustantivo al pensamiento histórico e historiográfico. La obra fue concebida junto con Materialismo histórico: interpretaciones y controversias,[5] en la que el autor estudia las bases teóricas del materialismo histórico, demostrando un gran conocimiento de la totalidad de los escritos de Marx, polemizando con los grandes pensadores marxistas del siglo XX, y defendiendo convincentemente la primacía de las relaciones de producción en el devenir histórico.
La encrucijada en la que se encuentra el marxismo como teoría científica, pero también en su dimensión política y filosófica, es la que se abre a partir de las críticas lanzadas a él desde distintos flancos en nuestra época. Cuántas de estas críticas son pertinentes, cuáles de ellas corresponden realmente al materialismo histórico en su vertiente más crítica, y cuáles a su versión más vulgar, cuáles obligan a una revisión del corpus teórico marxista y cuáles resultan improcedentes, es una tarea de la que se hace cargo Ariel Petruccelli en este libro.
El primer capítulo está destinado a presentar los desafíos que se le presentan al marxismo en el presente, tanto a nivel histórico-político como teórico. El colapso de los regímenes llamados “comunistas” y la injusta identificación del marxismo con esos modelos autoritarios de socialismo estatista, es una realidad que dio lugar a que se hable de una crisis del marxismo, a pesar de que “la historia intelectual del marxismo es cualquier cosa menos la suma de alabanzas y apologías del sistema soviético”[6] y de que incluso existieron organizaciones autodenominadas marxistas que repudiaron abiertamente la política de la URSS. Refuerza esta interpretación el hecho de que en la actualidad no exista ninguna organización política marxista con la capacidad de acción que supieron tener los partidos del siglo pasado, y que los “nuevos movimientos político-sociales izquierdistas no tienden a considerarse a sí mismos como marxistas”.[7] A nivel teórico, el marxismo se ve obligado a considerar los aportes del feminismo, el ecologismo, el deconstruccionismo, etc., so pena de resultar anacrónico. La sociología del poder de Michael Mann, la teoría de la estructuración de Anthony Giddens y la sociología histórica de W G. Runciman plantean a la teoría marxista “nuevos desafíos que afectan sustancialmente a sus núcleos teóricos”.[8] Estos tres autores desarrollan teorías de la evolución histórica que compiten con el materialismo histórico, a pesar de ser tanto históricas como materialistas. El giro lingüístico, por su parte, lanza sus desafíos desde un paradigma diferente, de corte idealista, pero que presenta al marxismo algunos problemas que merecen ser tenidos en cuenta.
En el segundo capítulo se tratan los aportes de la sociología histórica. Tanto Giddens, como Runciman, Mann y Gellner practican, según Petruccelli, una “historia filosófica” porque “intentan una narración inteligible de todo el pasado, buscando los principales factores causales, detectando regularidades y hurgando en las fuentes del cambio social en gran escala”,[9]aunque no hay en ellos una filosofía sustantiva de la historia, como sí la hallamos en Marx, en forma de una teleología histórica -que ciertamente rechazó en sus últimos años-. El materialismo histórico encuentra en ellos rivales de peso en los terrenos de la historia filosófica, la sociología histórica y la teoría de la historia. Tanto sus teorías como el sistemismo de Mario Bunge se mueven en el campo materialista y comparten con el marxismo una serie importante de presupuestos teóricos: carácter científico del estudio social; abordajes globales o totalizadores; explicaciones causales más que hermenéuticas; interacción bidireccional estructuras-sujetos; primacía de las condiciones materiales, principalmente de las estructuras y las relaciones sociales; carácter cambiante y conflictual de las sociedades; interacción mutua de los subsistemas sociales; carácter histórico de las sociedades. Con respecto a Bunge y su teoría de los subsistemas que interactúan como cinco hebras entrelazadas (ambiental, biológica, económica, política y cultural) que dirigirían el desarrollo histórico, y en la que ninguna tiene prioridad sobre las otras, Petruccelli advierte que, aceptando el esquema de Bunge, no necesariamente todas las hebras deberían tener el mismo grosor y que incluso en su propia teoría, lo económico adquiere de hecho preeminencia. En el caso del materialismo multiforme de Gellner, se le critica su determinismo tecnológico, al hacer hincapié en las fuerzas productivas y no ya en las relaciones de producción. La teoría de la estructuración de Giddens presenta tres críticas al materialismo histórico: funcionalismo, reduccionismo económico y evolucionismo. Petruccelli entiende que el marxismo no es necesariamente funcionalista, que las explicaciones funcionalistas son problemáticas pero en principio legítimas y que, por el hecho de que el marxismo haya esbozado algunas explicaciones funcionalistas erróneas, eso no significa que todas lo sean, ni que el funcionalismo sea una consecuencia ineludible de su enfoque teórico-metodológico. En cuanto al reduccionismo económico, la crítica es válida para algunas obras de Marx pero no para todas. Con respecto al evolucionismo, en algunos de sus textos Marx no sólo demuestra ser evolucionista, sino que incluso peca de un evolucionismo unilineal. En sentido amplio, Marx era evolucionista, aunque no necesariamente en sentido teleológico. Si en Marx podemos hablar de un evolucionismo “monístico” que recibe su principal empuje de la economía, en Giddens podemos observar un evolucionismo dual: político-económico. Tanto en uno como en el otro caso, evolucionismo no significa determinismo, ya que ambos autores tan sólo remarcan el carácter prioritario de la economía -en lo que respecta a Marx-, y de los llamados recursos de asignación y recursos de autoridad -en el caso de Giddens-. Petruccelli hace una última acotación: gran parte de los recursos de autoridad podrían incluirse en las relaciones de producción marxianas. Las diferencias entre el planteo de Marx y el de Giddens no parecen pues significativas.
El capítulo tercero se ocupa de la sociología del poder de Michael Mann. Mann distingue cuatro fuentes de poder (económica, política, ideológica y militar), que comprende como redes intersectantes en la que ninguna de ellas tiene prioridad sobre las demás. El autor de Las fuentes del poder social difiere o cree diferir con el materialismo histórico en seis aspectos teóricos: 1) el carácter unitario de las sociedades: las sociedades, para Mann, no serían unitarias, ni sistemas sociales, ni totalidades; las distintas redes de poder no constituirían un todo orgánico; sin embargo, en Marx, el concepto de totalidad no es incompatible con la interacción de las distintas esferas de lo social; 2) el evolucionismo: como señala Petruccelli, ni el marxismo es un evolucionismo unilineal, ni la concepción de Mann es completamente antievolucionista (se acepta la existencia de un desarrollo evolucionista generalizado); 3) la relación entre “necesidad” y “contingencia”: a pesar de las diferencias que Mann cree ver en este sentido entre su teoría y la de Marx, para ambos autores, tanto la necesidad y las tendencias históricas poderosas, como los accidentes y las combinaciones inusuales de circunstancias, juegan su rol en el desarrollo histórico; quizás Mann dé mayor importancia a la contingencia, pero las diferencias entre ambos autores no son más que una cuestión de matiz o de énfasis; 4) el “materialismo”: aunque Mann pretenda haber superado el dualismo materialismo/idealismo, su propio enfoque puede ser considerado como un “materialismo organizativo”, que implica “estudiar las infraestructuras materiales sobre las que se montan y desarrollan las diferentes fuentes del poder”;[10] 5) la determinación en última instancia por la economía: Mann niega la primacía de la economía porque tiene una noción meramente institucional de las fuentes del poder, sin tener en cuenta su carácter funcional; como bien mostró Godelier, instituciones explícitamente no económicas pueden desempeñar funciones económicas; 6) la historia como lucha de clases: Mann parece confundir la lucha de clases con la lucha política explícita, con conciencia y organización de clase. Petruccelli concluye su análisis de la obra de Mann,Las fuentes del poder social, afirmando que “sus diferencias teóricas con el marxismo son mucho menos importantes de lo que se piensa”.[11]
En el cuarto capítulo se polemiza con el posmodernismo y el “giro lingüístico”. Desde estas escuelas se ha sostenido -entre otras- las siguientes ideas: que la objetividad del conocimiento histórico no es más que una mistificación (Rorty y Laclau), que la idea de totalidad o la de colocar como objeto de investigación a la historia humana en gran escala es un imposible (Lyotard y Cobban), que la historia no es más que literatura (Hayden White). Petruccelli descubre cuatro grandes rasgos en las controversias suscitadas en torno al “giro lingüístico”, que son la base de las teorías posmodernas y posmarxistas: 1) partidarios y detractores no aceptan las acusaciones que se lanzan del otro lado; 2) las tesis de los partidarios del “giro lingüístico” suelen ser formuladas de manera oscura o ambigua; 3) estas ideas casi siempre pueden interpretarse de manera radical o moderada; 4) las diferencias entre los propios partidarios del “giro lingüístico” son importantes. Muchos malentendidos entre defensores y detractores del “giro” son fruto de una confusión de los niveles de análisis o los marcos de referencia. Las versiones extremistas del “giro lingüístico” son o manifiestamente falsas o implausibles: toda realidad es lingüísticamente construida; los “marcos de sentido” son inconmensurables entre sí; no existen criterios racionales para elegir entre teorías o paradigmas científicos. Las versiones moderadas, en cambio, deben ser tenidas en cuenta: el conocimiento de la realidad depende de marcos lingüísticos; los “marcos de sentido” pueden ser parcialmente intraducibles; los criterios éticos y estéticos influyen en la práctica real de la ciencia. Tanto el constructivismo radical, como el escepticismo y el relativismo son fuertes tendencias de nuestra época. Sin embargo, los partidarios de estas ideas no suelen ser coherentes entre lo que dicen y lo que hacen, y tampoco presentan una alternativa teórica a lo que critican.
En el capítulo cinco se intenta una defensa de la “cosmovisión científica” que es atacada por el posmodernismo: realismo, racionalismo, objetividad, determinismo, verdad como correspondencia y universalismo. Con respecto al realismo, los partidarios del “giro lingüístico” lo aceptan mayormente en el plano ontológico pero lo rechazan en el gnoseológico. El realismo crítico, sin embargo, no niega que la subjetividad entre en juego en el acto del conocimiento, sino que sostiene que lo dado (objetivamente) cuenta más que lo puesto (subjetivamente). El conocimiento no es para el realismo crítico mero reflejo de la realidad, sino una representación que puede corresponder en mayor o menor medida con la realidad. El racionalismo entiende que la conmensurabilidad de las teorías es posible, esto es, que existen principios universales de racionalidad que permiten la comunicación entre paradigmas y culturas diferentes. La objetividad no implica imparcialidad. Si bien todo conocimiento está situado en el tiempo y el espacio y la realidad social y política influyen en el desarrollo de la ciencia, esto no significa que el discurso científico carezca de objetividad. Como afirma Hobsbawm, las afirmaciones científicas deben siempre “ser sometidas a validación por medio de métodos y criterios que, en principio, no están sujetos a partidismo, sean cuales sean sus consecuencias ideológicas y sus motivaciones”.[12] Con respecto al determinismo es necesario distinguir el determinismo ontológico (todo tiene sus causas), del determinismo gnoseológico (no todas las causas pueden ser conocidas). El azar es subjetivo y pertenece al orden del conocimiento. No es objetivo ni ontológico. El determinismo es compatible con el libre albedrío si entendemos a éste último como auto-determinación. La praxis humana implica una conjunción de autonomía y heteronomía. Hablar de libre albedrío no excluye la constatación de tendencias sociales. El historicismo entiende que la verdad y los valores son hijos del tiempo o de los tiempos, pero ello no necesariamente implica un relativismo nihilista. Si bien todas las culturas son racionales, pueden defender distintos criterios de racionalidad, aunque en el fondo compartirán los mismos principios universales de racionalidad (por ej. el principio de no contradicción). El “relativismo moderadamente radical” (L. Olivé), basado en la discusión racional, es perfectamente compatible con el pensamiento de Marx, que era moderadamente historicista con algunas pautas transhistóricas.
El capítulo seis se dedica in extenso a analizar los planteos del “giro lingüístico” y su relación con el materialismo histórico. Hayden White, uno de los historiadores más importantes de esta tendencia, adolece de un enfoque formalista, en el cual el contenido no resulta importante. No queda claro si para él la historia no es una ciencia, es una protociencia, o es una conjunción de ciencia y arte. Para White, la historia tendría tres dimensiones: la argumentación formal (que podríamos denominar como dimensión científica o momento de la explicación); la implicación ideológica (dimensión ética); y la trama (dimensión narrativa o estética). Para él, lo ético y lo estético determinan la primera dimensión, la cual carecería de sustento epistemológico. Si White a veces parece considerar que la historia no es una ciencia es porque tiene un concepto de ella cargado de positivismo. Supone que entre los historiadores no existe el consenso y que, en el resto de las ciencias éste es total. Pero ni lo uno ni lo otro es cierto. Tampoco es verdad que las dimensiones ética y estética determinen a la explicación. Si bien es innegable que estos aspectos juegan algún rol sobre la trama explicativa, son los criterios epistemológicos los que prevalen en la argumentación histórica, o por lo menos así debería suceder. “Quizás el giro lingüístico no sea más que un recordatorio de los límites de la razón y la ciencia, una voz de alerta contra una ingenuidad exagerada y un optimismo demasiado complaciente. Un moscardón crítico que nos mantiene atentos sobre las dimensiones éticas y estéticas del discurso histórico, pero que en concreto tiene muy pocas propuestas prácticas que ofrecer para modificar la práctica historiográfica real”.[13] Petruccelli entiende que cierto marxismo y ciertas versiones del “giro lingüístico” podrían coexistir, potenciándose mutuamente.
El capítulo siete se ocupa de las consecuencias de la llamada “teoría del caos” para la historia y de la pertinencia de la historia contrafactual. Con respecto al primer asunto, cabe destacar que los científicos evitan el uso del término “caos” y prefieren utilizar otros conceptos como el de “dinámica no-lineal”. La mal llamada “teoría del caos” no postula la existencia del azar dentro del mundo físico, sino que entiende que existen leyes tan complejas que resulta prácticamente imposible hacer pronósticos. En tal caso, el caos sería un concepto epistemológico y no ontológico. La mecánica cuántica no niega el determinismo que subyace a la física newtoniana, aunque introduce otros conceptos dentro de la física como el de incertidumbre y probabilidad en plano epistemológico. La consecuencia de esto es que las llamadas “ciencias duras” se han ablandado, por lo que la distancia entre éstas y las llamadas “ciencias blandas” se ha acortado significativamente. Las dificultades predictivas que supone la historia, y que para muchos -cargados de prejuicios positivistas- pondría en jaque su cientificidad, se ha trasladado a otras ciencias, como la física. En lo que respecta al segundo asunto, Petruccelli defiende la existencia de la historia contrafactual por su utilidad para valorar las disímiles influencias causales. Como señala Raymond Aron, “todo historiador, para explicar lo que ha sido, se pregunta lo que habría podido ser”.[14]
En los capítulos ocho y nueve se analiza el “posmarxismo” de Laclau y Mouffe. La categoría filosófica central del “posmarxismo” es la de “discurso”: una totalidad que incluye elementos lingüísticos y no lingüísticos. En este plano, Laclau y Mouffe no distinguen lo empírico de lo teórico. Para ellos todo es lingüísticamente construido y su única preocupación es el análisis lógico de los discursos, despreocupándose por sus referentes empíricos. Si bien toda realidad social es significada y significable por el discurso, lo que revela que no posee significados intrínsecos, existen en ella propiedades intrínsecas, más allá de que pueden ser significadas de distinta manera en diferentes marcos culturales. Petruccelli entiende que el materialismo histórico resulta compatible con un relativismo lingüístico moderado.
El capítulo nueve se ocupa de las críticas lanzadas a Marx por Laclau, quien pretende haber realizado una “deconstrucción” del marxismo. Laclau se propone, sin éxito, refutar las tesis del marxismo determinista tecnológico -identificando a esta forma vulgar con el marxismo en general- apelando a su inconsistencia lógica, aunque no se preocupa por su sustentabilidad empírica. Falla al intentar demostrar que las relaciones capitalistas de producción no son inherentemente antagónicas. Laclau abandona el realismo epistemológico y la ontología materialista en su toma de distancia con respecto al marxismo.
En el último capítulo se estudian las diferencias políticas que distanciaron a Zizek y Laclau, a pesar de sus coincidencias teóricas. Petruccelli nos muestra cómo la postura utópico-revolucionaria del primero se aleja del reformismo gradualista del segundo. Las diferencias entre ambos le permite a nuestro autor llamar la atención sobre los límites políticos de la filosofía: “a partir de idénticas premisas filosóficas [el caso de Zizek y Laclau] se pueden extraer las conclusiones políticas más dispares”[15] y “ninguna política concreta puede derivarse linealmente de ninguna filosofía”.[16] Si el posmodernismo (ya sea en sus formas posmarxistas o pos-epistemológicas) es la lógica cultural del capitalismo tardío, el marxista debe luchar tantodentro como contra él. “Dentro, porque ya no existe un afuera del sistema (…); contra, porque es precisamente a ese sistema al que se quiere derrocar”.[17]
Un epílogo, en el que se ocupa sucintamente de las verdades políticas del marxismo -y no ya de sus saberes teóricos-, cierra el libro. Se defiende la pertinencia actual del socialismo, como crítica del capitalismo y como proyecto político alternativo a él. Se dibuja, además, un breve bosquejo de lo que debería ser el socialismo del siglo XXI y las responsabilidades que éste debería asumir: hallar un agente colectivo con capacidad de desestabilizar al capitalismo y reemplazarlo por otro orden político-económico; desarrollar una ética socialista anti-utilitaria y respetuosa de las diferencias; elaborar una concepción de justicia igualitaria que se haga cargo de la escasez de las sociedades reales; resolver los problemas que supone combinar planificación económica y democracia; asegurar una autentica participación ciudadana; diseñar mecanismos que eviten las tendencias burocráticas; combinar la propiedad socializada y el colectivismo con garantías para las libertades individuales; armonizar imaginación utópica con realismo científico y político.
En síntesis, el libro de Ariel Petruccelli brega por -en sus propias palabras- “un materialismo histórico teóricamente consistente pero de perspectivas múltiples” que aúne “explicación e interpretación, análisis y narrativa, visión macro-social y sensibilidad micro-sociológica, estudio estructural e indagación de la agencia humana, vocación científica y perspectiva ideológica”.[18] Así, la obra que nos ocupa, actualiza y llena de vida al materialismo histórico haciendo justicia a aquello de que “la vitalidad de la tradición [marxista] debería medirse por su capacidad para mantener un diálogo abierto con otras corrientes contemporáneas, y, sobre todo, por su capacidad para apropiarse crítica pero no eclécticamente de ellas”.[19] El marxismo en la encrucijadarepresenta un esfuerzo formidable por poner al día al materialismo histórico, tomando postura frente a los últimos desarrollos teóricos y haciendo frente a las críticas lanzadas por éstos a aquel, además de enriquecer el corpus teórico del marxismo con los aportes de otros saberes.
Artículo escrito y enviado para su publicación en Herramienta.
[1] A. Petruccelli, Ensayo sobre la teoría marxista de la historia, Buenos Aires, El cielo por asalto, 1998, pp. 147-153.
[2] Ibidem, p. 152. Los escritos que permiten sustentar esta afirmación son: la carta que Marx enviara en 1877 al Consejo Editorial de la publicación rusa Anales patrios; otra carta enviada, en 1881, a la revolucionaria rusa Vera Zasulich; el Manifiesto comunista de 1848, en el que se afirma la centralidad de la lucha de clases en la historia; los Grundrisse; y algunos pasajes deEl capital.
[3] A. Petruccelli, Materialismo histórico: interpretaciones y controversias, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2010.
[4] A. Petruccelli, El marxismo en la encrucijada, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2010.
[5] Materialismo histórico: interpretaciones y controversias, ob. cit. En el número 13 de la revista Políticas de la Memoria puede encontrarse un artículo de Federico Mare en el que se reseña dicha obra: “El «modelo PRP»: hacia una nueva teoría marxista de la historia. Acerca de Materialismo histórico: interpretaciones y controversias de A. Petruccelli”.
[6] A. Petruccelli, El marxismo en la encrucijada, ob. cit., p. 30.
[7] Ibídem, p. 31.
[8] Ibídem, p. 33.
[9] Ibídem, p. 49.
[10] Ibídem, p. 98.
[11] Ibídem, p. 127.
[12] E. Hobsbawm, “Partidismo”, en su Sobre la historia, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 136-137, citado en A. Petruccelli, El marxismo en la encrucijada, ob. cit., p. 186.
[13] A. Petruccelli, El marxismo en la encrucijada, ob. cit., p. 229.
[14] R. Aron, Introducción a la filosofía de la historia, Buenos Aires, Losada, 2006 (1939), p. 227, citado en A. Petruccelli, El marxismo en la encrucijada, ob. cit., p. 257.
[15] A. Petruccelli, El marxismo en la encrucijada, ob. cit., p. 331.
[16] Ibídem, p. 332.
[17] Ibídem, p. 336.
[18] Ibídem, p. 337.
[19] Ibídem, p. 39.
(Publicado en la Revista Herramienta web 11: http://www.herramienta.com.ar/herramienta-web-11/el-materialismo-historico-y-las-criticas-posmodernas)
(publicado en la Revista Herramienta nº11)
Declaración de principios:
Mantener una determinada actitud ante la vida que consta de tres momentos:
1. La lucidez: No estar dispuesto jamás a negar lo evidente: que el mundo carece de sentido; que no hay trascendencia más allá de la vida; que la existencia linda con la nada en sus dos extremos; que no hay otro destino más que la muerte; que no hay meta posible, sólo caminos. No aceptar nunca la evasión como salida.
2. La rebeldía inútil como 'modus vivendi': Vivir rebelándome ante la evidencia perturbadora de la nada. Construir a sabiendas de que lo hago sobre la arena, no ignorando la nada, sino desafiándola: batalla inútil que estoy condenado a perder, pero frente a la cual no habré de rendirme jamás.
3. La felicidad heroica: Asumiendo la tragedia como destino (1) y el consecuente carácter absurdo de toda rebeldía (2), construir sentido en y por la lucha. Lograr que los medios justifiquen los fines, siempre inalcanzables. Hacer del camino la meta. Trascenderme 'hic et nunc'.
(de clara inspiración camusiana, por no hablar lisa y llanamente de plagio)
Nicolás Torre Giménez
1. La lucidez: No estar dispuesto jamás a negar lo evidente: que el mundo carece de sentido; que no hay trascendencia más allá de la vida; que la existencia linda con la nada en sus dos extremos; que no hay otro destino más que la muerte; que no hay meta posible, sólo caminos. No aceptar nunca la evasión como salida.
2. La rebeldía inútil como 'modus vivendi': Vivir rebelándome ante la evidencia perturbadora de la nada. Construir a sabiendas de que lo hago sobre la arena, no ignorando la nada, sino desafiándola: batalla inútil que estoy condenado a perder, pero frente a la cual no habré de rendirme jamás.
3. La felicidad heroica: Asumiendo la tragedia como destino (1) y el consecuente carácter absurdo de toda rebeldía (2), construir sentido en y por la lucha. Lograr que los medios justifiquen los fines, siempre inalcanzables. Hacer del camino la meta. Trascenderme 'hic et nunc'.
(de clara inspiración camusiana, por no hablar lisa y llanamente de plagio)
Nicolás Torre Giménez
miércoles, 13 de julio de 2011
Una breve reflexión sobre el menosprecio contemporáneo hacia la razón y la ciencia
Me parece preocupante y peligroso el menosprecio generalizado con respecto a la razón y su buen uso. La capacidad de pensar, ya sea que la entendamos como un pensar sintiendo o un sentir pensando, es lo que nos hace propiamente humanos. Es esa capacidad la que nos permite desarrollar herramientas de alta complejidad que -al menos potencialmente- todos utilizamos (computadoras, internet, medios de transporte), la que nos ha permitido elaborar medicamentos que logran alargarnos la esperanza de vida -de quienes tienen acceso, claro está-. Es esa razón sensible o sensibilidad racional la que está a la base de la ciencia, del arte, de la organización política, e incluso del amor. Ya sé que con esa misma razón se desarrollan bombas, se crean laboratorios cuyos conocimientos se ponen al servicio de la rentabilidad y no de la salud, con esa misma razón se engaña, se odia y se piensa la mejor manera de explotar a la mayor parte de la humanidad. Y es así porque la razón se ocupa tanto de los medios (entendimiento prefieren llamar algunos a esta vertiente) como de los fines (razón propiamente dicha para esos mismos). Llamamos ciencia a la razón aplicada a pensar los medios para alcanzar algún fin. Y no de cualquier forma, sino de la manera que se corresponda mejor con la realidad de las cosas mismas. Y para ello hacemos uso de un método, de un conjunto de reglas -perfectibes, por cierto, y perfeccionadas a lo largo del tiempo-, que nos permiten acercarnos a la realidad y aprehenderla de la mejor manera posible. La ciencia no es sólo un arbitrario cultural, no es sólo un ámbito atravesado por relaciones de poder, es la mejor manera posible -por lo menos hasta hoy y dentro de las posibilidades humanas- de lograr un conocimiento verdadero acerca de la realidad del mundo material en el que vivimos. Es un producto racional y social. Se nutre de los conocimientos alcanzados en el pasado y potencialmente está al alcance de cualquiera. Es una herencia que crece y se perfecciona a través de cada generación. A la esfera de los fines le corresponde decidir el para qué de ese conocimiento. Para los que no creemos en verdades reveladas, la ética, la política y -hasta cierto punto- el arte, conocimentos éstos que versan sobre los fines, están fundados en la razón y no en otra cosa. Querer y luchar por una sociedad más justa y por una vida más digna e interesante de ser vivida es también una decisión a la que se llega por medio de esa misma razón sensible o sensibilidad racional. Ni la ciencia ni la razón lo pueden todo -creerlo es caer en la ingenuidad de los positivistas-. Pero sin la ciencia, y más aún sin la razón, nada es posible como humanos. Nuestra propia condición de humanos está dada por eso que llamamos razón. El irracionalismo es un antihumanismo.
Nicolás Torre Giménez
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